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sábado, 5 de mayo de 2007

LA BULLANGA ALEGRE DE LAS COSAS


Incluso en los momentos más amargos de decaimiento, ira, confusión y tristeza he tenido una certeza inconmovible, y reto a cualquier sabio que trate de demostrarme lo contrario: la esencia profunda de las cosas es alegre. Sólo nuestras complicaciones y nuestras torpezas pueden alejarnos de este hecho fundamental.

Hay en cada persona una reminiscencia vaga de algo que se sabe pero no se consigue precisar de modo cierto. Es ese algo que los ojos absortos registran en la danza de las llamaradas en el fuego, en el vaivén de las olas, en el paso de las nubes. Hay en nosotros el vaporoso recuerdo, la velada certeza de algo noble, puro y bello. No sabemos muy bien lo que es, pero intuimos que es algo a lo que una vez pertenecimos y que también nos pertenece.

La brisa en el verano, el frescor del agua, el calor de una manta en invierno, el humilde sabor del arroz y del trigo, una sola mirada amable entre la muchedumbre, el aroma de las plantas tras la lluvia, el rumor de las olas llegando a la escollera, todo en la naturaleza grita alegría, grita amor y grita paz. Y esto es algo de lo que no podemos ser desposeídos.

Escucha la bullanga alegre de las cosas.

viernes, 4 de mayo de 2007

LO QUE ME HACÍA FALTA


Lo que me hacía falta lo obtuve, y lo que deseaba no lo conseguí, lo que conseguí lo perdí, y lo que pasó no lo he vuelto a recuperar.

jueves, 3 de mayo de 2007

PRÍNCIPES INSATISFECHOS


En cierta ocasión, caminando solitario entre las peñas peladas de las sierras de Andalucía, me sorprendió la noche al borde de unos inmensos precipicios. Era pleno invierno, pero el cielo estaba despejado salvo algunas masas de nubes dispersas.

Cayendo el sol, hice recuento de mis posesiones: un mechero, un limón, mi ropa y una navaja. Pasé la noche al calor de una candela, con la compañía de la luna y con un solitario limón por manjar. No es necesario decir en cuanta estima tuve a mi vieja chaqueta de campo y mi bufanda a cuadros, cómo agradecí el calor de las ramas crepitando en el fuego, qué bien me supo y cuánto me refrescó el limón, cómo saludaba a la luna cada vez que salía entre las nubes para iluminarme. A la mañana siguiente la brisa de la alborada, que por costumbre solemos considerar fría, la sentí como brisa tibia de primavera. Y la salida del sol, tan deseada, fue una bendición que disipó la oscuridad de la noche permitiéndome ver con claridad el camino de vuelta.

Gracias, por tanto, a quien corresponda.

miércoles, 2 de mayo de 2007

PRECISAMENTE AHORA


El hecho de que estés leyendo precisamente ahora estas líneas no es casual. Desde luego, este libro no puede arreglar una vida. Ningún libro, nada ni nadie puede hacer eso. O mejor dicho, todas las cosas pueden hacer eso. Tampoco soy yo, como bien puede apreciarse, un gran sabio que tenga grandes cosas que comunicar. Lo que importa es el hecho de que precisamente ahora estás leyendo estas líneas.

Los mejores libros son los que no se escriben. No me refiero a los libros que no existen, sino a los que han sido recogidos como apuntes o notas de alguien que hablaba para una ocasión determinada. Precisamente entonces.

martes, 1 de mayo de 2007

AQUÍ UN AMIGO


Hay que tener mucho cuidado con lo que se teme, porque lo que se teme puede acabar ocurriendo. En realidad, temer algo es propiciarlo mediante la obsesión y la fijación.

El mundo es tu amigo. La realidad es tu maestra. Tenemos que permanecer muy atentos a lo que la realidad nos presenta. Nuestro cuerpo es parte de la realidad, y es íntimo con nosotros mismos, pero muchas veces no nos damos siquiera cuenta de qué músculos tenemos tensos y cuáles relajados, y así hasta que acabamos con dolor de cabeza, de espalda o de hombros. En ocasiones ni siquiera lo más cercano nos resulta evidente. Hay muchas circunstancias que nos resultan nocivas, pero no las evitamos. Hay comidas y bebidas que nos resultan perjudiciales, y nuestro estómago lo sabe, pero sin embargo las comemos y bebemos. Hay ocasiones en que estamos cansados, pero no descansamos por tal o cual motivo. Hay momentos en que necesitamos movernos, pero encontramos razones para no hacerlo.

Estamos tan apegados a nuestros hábitos físicos y mentales que no nos atrevemos a contravenirlos aunque sólo sea por un día.

Hemos explorado un pequeño territorio que creemos conocer bien, y que ya bastantes problemas nos causa, como para encima complicarnos la vida con nuevas indagaciones. Y pedimos, por favor, que nada cambie, pero es imposible, todo cambia. Nos acostumbramos a la infancia y nos hacemos adolescentes. Empezamos a aclararnos con la juventud y nos hacemos adultos. Por fin empezamos a conformarnos con la adultez y nos hacemos ancianos. Y eso si hay suerte.

Antes que despertar un poco y observar las cosas tal cual son, preferimos seguir burlándonos de los otros, localizando sus defectos, compararlos con nuestras supuestas virtudes morales o intelectuales.

Creemos que todo lo que contraría nuestros deseos, objetivos y caprichos es una injusticia. O consideramos que no somos lo suficientemente buenos o que no nos esforzamos lo necesario. Nos obstinamos en no observar la realidad misma. Tenemos la fruición del éxito, pero también tenemos la fruición del fracaso.

Un yo que sufre es mejor que ningún yo en absoluto. El sufrimiento, los arrepentimientos, los remordimientos de conciencia constituyen el último recurso de la egolatría. El ego exacerbado se refocila mucho en su propio fracaso, en su propio sufrimiento, en su propio arrepentimiento, en su propia autocompasión.

Cree el ego, en su confusión, que sufrir es mejor que no existir. Creemos que el fracaso y el sufrimiento propio es un mérito que podamos exhibir ante otras personas, para así poder lograr algún tipo de control sobre quien nos atienda.